Juan Carlos Mestre

EL ADEPTO

He leído durante toda la noche el Discurso sobre la dignidad del hombre de Pico de la Mirándola, 
de él se deduce que el 14 de mayo de 1486 no existe, 
que la primavera y la juventud son hijas de Marsilio Ficino, 
que la belleza es por derecho mitológico esposa del trípode y el camaleón.

Acepto haber leído el destino en un vaso de agua seis mil años antes de la muerte
de Platón, 
acepto haber alimentado un animal de uñas curvas, 
acepto la influencia de los magos persas. 
No tengo hijos, ¿acaso he cometido un crimen? 
Tampoco tengo energías para la épica.
Confieso adorar descalzo el triángulo de la piedad que otros llaman cubo de Zoroastro, 
confieso mi creencia en la teología del número 7 y la gestación de los donantes de calor, 
confieso mi fe en Timeo de Locros astrónomo de lo diverso.

He leído durante toda la noche el árbol de la conjetura, 
de sus frutos he traído a mi casa la escalera circular junto a la que Jacob tuvo un sueño 
y el testimonio sobre la naturaleza celeste de todas las piedras. 
Asumo haber prestado atención a lo que impide, 
asumo la visitación del pródigo y la música de las esferas, 
asumo no haber dejado escrito nada que no me haya sucedido en el futuro.

He leído durante toda la noche el Discurso sobre la dignidad del hombre,
de él se deduce la aritmética del mar y la Ley bajo la corteza de la encina,
de él se deduce el río de la ciencia y la golondrina de los caldeos,
de él se deduce la inexistencia de la muerte y la fecundidad de lo discutible.

  HISTORIA SECRETA DE LA POESÍA

Al octavo día los poetas despreciaron la serpiente, Ilhan Berk añadió entonces una torre al Mar de Galilea, el ciervo fue al mercado, la luz afiló su noticia en las columnas. El viento todavía no inclinaba  el humo, no había moscas en el matadero. Al día siguiente el cuello de las floristas se alargó hasta el primer centenario, la tierra se desnudó, Ilhan pensó en todas las cosas que no había hecho. 

Era el séptimo día, es decir, un huevo de alondra. Ilhan se avergonzaba ante su saber porque no llovía y la rama de olivo ya había sido cortada. Entonces llevó a sus hijos al cine, fue al taller del zapatero, compró panecillos. Cayó la noche como una pelota de goma en el patio de al lado. Ilhan la recogió y la puso en la puerta del sexto día para que jugaran Ivy, Leila y Ahmet. 

Así fue, llegó el quinto día preguntando dónde vendían pescado, la hija del afilador fue en bicicleta a llevarle pan a su erizo, las rosas salieron del aburrimiento, el amarillo eligió su oficio.

Deprisa se hizo la noche cuarta, salieron los rebaños sobre las chimeneas, la luna pacía con las gacelas y los membrillos olían como los bazares. Ilhan hizo café de higo, pensó en una llave y se acostó. 

Al tercer día se oyó decir que alguien había inventado una silla, Ilhan miró al sol, se acordó del desierto y le envío una carta. Le había crecido la barba como un jardín y fue a dar una vuelta por Estambul. 

Era ya la víspera del primer día cuando una mujer preguntó la hora en qué habría de nacer su hijo. Tenía la cara pálida como las manos de las lavanderas. Eso quiere decir que alguien podía hervir agua y regar los geranios al levantarse, también ir a una isla y regresar. Ya casi era hoy.

Las gallinas cantaban, sus patas eran azules como la historia de un viaje contado en la cantina. “Puede oírse el cielo”, dijo. 

Al día siguiente Ilhan se puso una camisa blanca y descansó.

(De Las estrellas para quien las trabaja, 2007)

CAVALO MORTO

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo. 
Un poema de Lèdo Ivo es una luciérnaga que busca una moneda perdida. Cada moneda perdida es una golondrina de espaldas, posada sobre la luz de un pararrayos. Dentro de un pararrayos hay un bullicio de abejas prehistóricas alrededor de una sandía. En Cavalo Morto las sandías son mujeres semidormidas que tienen en medio del corazón el ruido de un manojo de llaves.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo. 
Lèdo Ivo es un hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologías con cara de loco. En Cavalo Morto los locos tienen alas de mosca y vuelven a guardar en su caja las cerillas quemadas como si fuesen palabras rozadas por el resplandor de otro mundo. Otro mundo es el fondo de un vaso, un lugar donde lo recto tiene forma de herradura y hay una sola calle forrada con tela de gabardina. 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo. 
Un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo es un río  que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas,  pequeñas mentiras de lluvia heridas por una púa de acacia. En Cavalo Morto los aviones atan con cintas de vapor el cielo como si las nubes fuesen un regalo de Navidad y los felices y los infelices suben directamente a los hipódromos eternos por la escalerilla del anillador de gaviotas.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo. 
Un poema de Lèdo Ivo es el amante de un reloj de sol que abandona de puntillas los hostales de la mañana siguiente. La mañana siguiente es lo que iban a decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse, los que aún así se amaron y salen del brazo con la brisa del anochecer a celebrar el cumpleaños de los árboles y escriben partituras para el timbre de las bicicletas. 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo. 
Lèdo Ivo es una escuela llena de pinzones y un timonel que canta en el platillo de leche. Lèdo Ivo es un enfermero que venda las olas y enciende con su beso las bombillas de los barcos. En Cavalo Morto todas las cosas perfectas pertenecen a otro, como pertenece la tuerca de las estrellas marinas al saqueador de las cabezas sonámbulas y el cartero de las rosas del domingo a la coronita de luz de las empleadas domésticas. 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
En Cavalo Morto cuando muere un caballo se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere un evangelista se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere Lèdo Ivo llaman al sastre de las mariposas para que lo resucite. Háganme caso, los recuerdos hermosos son fugaces como las ardillas, cada amor que termina es un cementerio de abrazos y Cavalo Morto es un lugar que no existe.

(De Las estrellas para quien las trabaja, 2007)

SUCEDE 

sucede que un día viene a cenar apollinaire y no hay nada en la nevera
sucede que nuestra conversación es gratis como propaganda a la salida del metro
sucede un arma corta calibre veintidós y un centímetro cúbico de carruseles belgas
suceden los maniáticos minutos los maniáticos segundos las maniáticas horas
sucede un aroma caliente en las calabazas de pentecostés
sucede un yacimiento de icebergs en la vajilla rota del último sueño  
sucede el tic sucede el tac sucede veronal en los relojes viejos 
sucede que hay alquimistas en las primeras lluvias 
suceden pájaros trompeta mariposas rubias jóvenes anillos de leño 
sucede un funicular entre la aurora boreal y los maizales del club paraíso 
suceden altavoces de verbena en el deshielo de las pompas fúnebres 
suceden vientos niños en las heladerías que soñó petrarca 
sucede que al otro lado del teléfono vive acacia de madagascar
sucede la oreja del nautilius en el buzón de las nieves astutas
sucede un centavo de ruiseñor en el monedero de la dormición de la virgen 
suceden lágrimas populares incompatibles con el binóculo 
suceden manos que cuidan del esparto en el mausoleo de lenin 
sucede el extintor de las rosas en el cortejo de las siemprevivas 
sucede el apostolillo verde de los semáforos  
sucede que voy a contarte las cosas de mi vida tal como eran 
sucede un telegrama de nitroglicerina en tu lápiz de labios 
sucede que yo te quiero un noventa por ciento más que tu novio

ANTEPASADOS

Mis antepasados inventaron la Vía Láctea,
dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad,
al hambre le llamaron muralla del hambre,
a la pobreza le pusieron el nombre de todo lo que no es extraño a la pobreza.
Poco es lo que puede hacer un hombre con el pensamiento del hambre,
apenas dibujar un pez en el polvo de los caminos,
apenas atravesar el mar en una cruz de palo.

Mis antepasados cruzaron el mar sobre una cruz de palo,
pero no pidieron audiencia,
así que vagaron por los legajos
como los erizos y los lagartos vagan por los senderos de las aldeas.

Y llegaron a los arenales,
en los arenales la tierra es brillante como escamas de pez,
la vida en los arenales sólo tiene largos días de lluvia y luego largos días de viento.   

Poco es lo que puede hacer un hombre que solo ha tenido en la vida estas cosas,
apenas quedarse dormido recostado en el pensamiento del hambre
mientras oye la conversación de los gorriones en el granero, 
apenas sembrar leña de flor en la sábana de los huertos,
andar descalzo sobre la tierra brillante
y no enterrar en ella a sus hijos.

Mis antepasados inventaron la Vía Láctea,
dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad,
atravesaron el mar sobre una cruz de palo.
Entonces pusieron nombre al hambre para que el amo del hambre
se llamara dueño de la casa del hambre
y vagaron por los caminos 
como los erizos y los lagartos vagan por los senderos de las aldeas.

Poco es lo que puede hacer un hombre con las migas de la piedad,
comer pan mojado los días de lluvia a los que luego seguirán largos días de viento
y hablar de la necesidad,
hablar de la necesidad como se habla en las aldeas
de todas las cosas pequeñas que se pueden envolver con cuidado en un pañuelo.

Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957).

Poeta y artista gráfico, es autor de varios libros de poesía y ensayo, como Antífona del Otoño en el Valle del Bierzo (Premio Adonáis, 1985) La poesía ha caído en desgracia (Premio Jaime Gil de Biedma, 1992) o La tumba de Keats (Premio Jaén de Poesía, 1999). Su obra poética ha sido recogida en varias antologías como Historia Natural de la Felicidad (Fondo de Cultura Económica, 2014) o La hora izquierda (Ya lo dijo Casimiro Parker 2019). Por su libro La casa roja obtuvo el Premio Nacional de Poesía 2009, y con el poemario La bicicleta del panadero el Premio de la Crítica. Museo de la clase obrera es su más reciente publicación. En el 2018 se le concedió la Medalla Europea “Homero” de Poesía y Arte, el “Annual Cheng Ziáng Prize of the China Writers Association”, así como el Premio de las Letras de Castilla y León en reconocimiento al conjunto de su obra. Es autor, también, de El universo está en la noche (2006), libro de versiones sobre mitos y leyendas mesoamericanas, y 200 gramos de patacas tristes (2019), su primera obra escrita en idioma gallego. En 2022 se le otorgó el Premio Casa Bukowski Internacional de Poesía.  Su obra reunida está recogida de Asamblea, publicada en 2026 por la Editorial Galaxia Gutenberg.  

www.juancarlosmestre.com


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You May Also Like