Una sextina es básicamente un artefacto, un aparato poético en el que caben todo tipo de temas y posibilidades, que quedan (re)colocados mediante un constructo matemático. A primera vista, la sextina se ha definido como una estrofa, lo que nos lleva al terreno de la métrica; un poema estrófico muy particular que tiene la siguiente estructura: seis estrofas de seis versos (36) seguidos de una contera de tres (= 39); todos endecasílabos (bueno, esto a partir de las que escriben Dante y Petrarca). La mayor particularidad es que las seis estrofas terminan con las mismas seis palabras, y en la contera —también llamada remate, vuelta, cierre, tornada, envoi— tienen que volver a aparecer las seis palabras, dos en cada verso; el orden, en este caso, ofrece múltiples variantes. Primera curiosidad: el uso de palabras-rima. En segundo lugar, viene el componente matemático: estas palabras tienen que aparecer en todas las posiciones posibles en cada estrofa, pero con la siguiente combinación: si las palabras-rima de la primera estrofa llevan este orden: 1-2-3-4-5-6, en la segunda estrofa se tienen que reordenar: 6-1-5-2-4-3, la tercera 3-6-4-1-2-5, y así sucesivamente. De modo, que al final, todas las palabras han pasado por todas las posiciones. Digo que se trata de un recurso matemático porque, como se observa en la reordenación, la combinatoria, de dos en dos, da siempre 7: lo mismo que pasa con las caras de los dados, y esto introduce la noción de azar —un azar matemático— y, ya puestos, nos desemboca en el Coup de dés mallarmeano. Y si se dibuja una línea imaginaria que vaya uniendo dicho orden, el dibujo resultante es una espiral. De este componente matemático de la sextina se dieron cuenta los fundadores de OULIPO, que abrazaron este artefacto e, incluso, lo convirtieron en el eje de otras estrofas que inventaron siguiendo la potencialidad de esta. De este modo, más que de una estrofa o de un poema, se podría hablar de una máquina capaz de crear, combinar y multiplicar textos y estructuras.
De todo esto, y mucho más, ya se habló en el libro publicado por Hiperión: Sextinas, pasado y presente de una forma poética (2011). Allí se hacía una antología cronológica del susodicho artefacto, porque tenemos la suerte de que se puede seguir casi toda su trayectoria desde que nació hasta que, hoy en día, se ha expandido por todos los rincones del mundo. Dicho volumen llevaba también una introducción que abordaba la tradición, geometría, juego y experimento metaliterario que lleva consigo la sextina. Allí se comentaban muchas de sus curiosidades, porque las hay dobles, triples, séxtuples, visuales, acrósticas, políglotas, y un largo etcétera. Y esconde un insondable misterio: durante 300 años su práctica desapareció en nuestro idioma (1654-1964) y en otras lenguas; salvo en italiano.
Pero vayamos poco a poco. Empecemos por su origen: la primera sextina propiamente dicha la escribió uno de los mejores trovadores de la Edad Media: Arnaut Daniel (1150-1195), il miglior fabbro, según palabras del propio Dante en su Commedia; el mismo epíteto con el que más tarde Eliot se refirió a Pound en La tierra baldía: curiosamente este último será el gran resucitador de la estrofa en el siglo XX. Arnaut configura la estructura que hemos definido arriba, si bien su sextina tiene la peculiaridad de que los primeros versos de cada estrofa eran octosílabos y los demás decasílabos. Bien es cierto que se puede encontrar un precedente en el uso de la palabra-rima en el poema «Ar resplan la flor enversa» de otro trovador, Raimbaut d´Aurenga: pero, en este caso, se trata de seis estrofas de ocho versos, más la contera; y las rimas aparecen las seis veces en el mismo lugar; y en la contera no se repiten las ocho palabras-rima, solo dos. Así pues, la sextina de Arnaut inaugura un camino que probablemente no se sabía adónde nos iba a llevar y cuánto se iba a ramificar a lo largo de los tiempos. Lo que me parece casi seguro es que una sextina arrastra a otra, es decir, que es una estrofa genealógica: nadie se lanza a escribir una sextina si no ha visto/leído otra. Y esto crea un gran linaje de sextinistas a lo largo de los casi nueve siglos que lleva el artefacto en marcha.

La historia de la sextina queda asentada cuando dos de los más grandes poetas italianos, Dante y Petrarca, la asumen y consolidan. Bien es cierto que, por medio, hubo otros trovadores que se habían ido sumando a la fiebre de componer sextinas: Bertran de Born, Guilhem Peire de Cazals de Caortz, Pons Fabre d´Uzes (que hizo dos), Bertolomé Zorzi… Pero Dante aporta un cambio métrico en la estrofa que será decisivo: hace todos los versos endecasílabos. A partir de la suya, la mayoría de sextinas constarán de 39 versos endecasílabos; bueno, hasta que en el siglo XX la estrofa vuelva a mutar. Así la asume Petrarca, que compone nueve, una de ellas doble, para su Cancionero. Esta sextina doble, a su vez, marcará la pauta de este nuevo modelo de 75 versos, doce estrofas de seis más la contera; y la cosa se complicará hasta el punto de que en italiano se llega a escribir alguna sextina séxtuple, o sea, 219 versos ensextinados, con las mismas seis palabras-rima. Comento esto para dejar claro que la máquina-sextina empezó a generar nuevas combinaciones rápidamente.
Tras el asentamiento de la estrofa por parte de estos dos pesos pesados de la literatura universal, que la hizo bastante conocida entre los posteriores poetas renacentistas, la sextina encuentra dos vetas dominantes: una en la poesía de cancioneros amorosos, siguiendo el modelo de Petrarca, y otra en las novelas pastoriles; esta deriva se debe a que Jacopo Sannazaro, autor de la Arcadia (1502), cierra con una la «Prosa séptima» y tiene otra doble en ese mismo volumen. Como este libro inaugura un género que va a ser muy fértil en el siglo XVI, las subsiguientes novelas pastoriles asumirán el reto de componer alguna sextina, generalmente con formato égloga, e introducirla en sus tramas.
Pero lo cierto es que, a partir de aquí, la historia de la sextina se complica porque se diversifica y salta las barreras idiomáticas: comienzan a escribirse en portugués, en francés, en inglés, en alemán, y por supuesto, en español. Dejo las españolas para más adelante, y hago un rapidísimo resumen de los hitos en el panorama internacional. El portugués Bernardim Ribeiro hace una octosilábica; Camões tiene una que dice «Poco a poco se va mi corta vida». Pontus de Tyard escribe la primera en francés: «Lorsque Phébus…». Edmund Spenser saca una en inglés en El calendario de los pastores, libro de 1579. Andreas Gryphius o Joseph von Eichendorff las importan al alemán. Y en Italia continúan escribiéndose muchísimas, hasta el punto que es imposible hacer un recuento de todas ellas; solo decir que el pintor —y escritor— Miguel Ángel o la poeta Gaspara Stampa compusieron alguna.
Luego llega el misterio y, exceptuando Italia, la estrofa casi desaparece en casi todos los países durante mucho tiempo. No hay una razón precisa. Por plantear una hipótesis: algunos tratadistas del siglo XVIII la consideran alambicada, difícil e ingrata, y creen que tiene más de reto que de verdadera poesía. Aunque en el siglo XIX algún autor vuelve a arriesgarse con ella (por ejemplo, Swinburne en 1872, o Rudyard Kipling en 1896), será el nuevo migglior fabbro del siglo XX, es decir, Ezra Pound, el que resucite la estrofa en la época moderna y el causante de que esta vuelva a la circulación a partir de entonces. Él mismo cuenta exactamente cómo atacó su primera sextina en la sala de lectura del Museo Británico, adonde tuvo que acudir para asegurarse de cómo era la disposición de las rimas en la de Arnaut Daniel, y le salió de una sentada. Hablamos de los primeros meses de 1909 y su sextina tenía como tema la agitación de la guerra: «Papiols, Papiols, to the music! / No hay sonido como el de las espadas cuando se enfrentan». La declamó a tal volumen en una cena con amigos poetas en un restaurante de Londres, que la gerencia del local tuvo que poner una mampara a su alrededor.
A partir de este momento, ya no hay quien pare a la sextina, ni tampoco quien pueda seguir su evolución detalladamente. Tras la de Pound, encontramos sextinas, más o menos ortodoxas, en Auden, Zukofsky, T. S. Eliot, Elizabeth Bishop, Ungaretti, Ashbery, Roubaud y toda su troupe oulipiana, Ron Padgett y un imposible etcétera.
Y ahora sí, aterrizo en la historia de la sextina en el mundo hispánico. Y nos tenemos que retrotraer a 1504, cuando dos autores prácticamente desconocidos, de los que solo sabemos que eran valencianos, Mosén Crespí de Valldaura y un tal Trillas, componen una sextina en dodecasílabos por la muerte de Isabel la Católica. Se publica con el siguiente título en 1511: «Otra obra suya y de Trillas llamada sestí plañendo la muerte de la reina doña Isabel, reina de España y de las dos Sicilias», consta de dos conteras y cada estrofa va atribuida a uno (T) u otro (V). Cómo llegaron estos dos poetas valencianos a conocer esta estrofa no lo sabemos.
De aquí damos un salto de unos cuarenta años y llegamos a la primera sextina doble en nuestra lengua: la del sevillano Gutierre de Cetina, de tono petrarquista. Este poeta estuvo como soldado en Italia y pudo conocer de primera mano las composiciones del Cancionero petrarquista. Sabemos que estaba compuesta antes de 1542, pero no tenemos más información. En esta misma línea, entre petrarquista y con forma de égloga, está la que escribe Diego Hernando de Acuña, hacia 1547. Y luego llegan, como hemos dicho, las sextinas insertas en novelas pastoriles: una anónima incluida en Historia de Abindarráez y Jarifa, también llamada Historia del Abencerraje (1551); las de Jorge de Montemayor en Los siete libros de la Diana (1559), una simple y otra doble; una de Gaspar Gil Polo en la Diana enamorada (1564); otra de Luis Gálvez de Montalvo en El pastor de Fílida (1582); otra de Bartolomé López de Enciso; e incluso una de Miguel de Cervantes en La Galatea (1585): «En áspera, cerrada, oscura noche / sin ver jamás el esperado día…». Y Lope de Vega también tiene una doble en La Arcadia (1598): «Amargas horas de los dulces días…». Lope, además, escribió otras cuatro, una de ellas sin terminar, para algunas de sus comedias, con lo cual hizo cinco. Como se observa, dos de nuestros más grandes autores de los Siglos de Oro practicaron la sextina provenzal y, sin embargo, esto no hizo de ella una estrofa popular.
La otra veta sextinesca, la más petrarquista, es la que abordará Fernando de Herrera en sus cuatro sextinas. A él se suman Juan de la Cueva, Francisco de Figueroa, Baltasar de Alcázar, Francisco de Rioja, Luis Alfonso de Carvallo, o Eugenio de Salazar, que compone nueve, a imitación de las nueve que escribió Petrarca, también una doble, siendo así el máximo sextinista de los Siglos de Oro; algunas de ellas amorosas, otras de tono religioso. Diego Hernando de Acuña, un poco antes de este, se atrevió con una triple, de tema pastoril. También pastoril es una de Miguel Botello, que iba para doble o triple, pero que quedó trunca.
Jerónimo Bermúdez de Castro también escribiría una de tono elegíaco, como la dedicada a la reina Isabel la Católica, en 1577. Y Juan de la Cueva, famoso dramaturgo, tiene una dedicada a Febo y un curioso poema en tercetos en el que hace una descripción metapoética de la sextina. Copio algunos de sus versos: «Dar a una estanza solamente pueden / seis versos, con las voces diferentes, / que sin ninguna trabazón proceden. // Son al fin de los versos convenientes / dos sílabas, de nombres sustantivos / y aquí los verbos son impertinentes. // Concetos altos, pensamientos vivos, / voces puras, sonoras, regaladas, / demandan, con ilustres adjetivos. // Las consonancias dellas van trabadas / sexta y primera, quinta con segunda, / cuarta y tercera, sin que sean trocadas.» Juan Díaz de Rengifo incluyó una en su Arte poética, probablemente suya, como ejemplo de esta estrofa.
Bueno, como dije al principio, hasta hace poco se pensaba que esta extraña estrofa había desaparecido en nuestro idioma en 1654, cuando Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache, publicó su sextina «El tiempo pasa y mi desdicha crece» dentro de sus Obras en verso. Y no se había vuelto a escribir una hasta 1964, en que Germán Belli, un poeta peruano al que le gustaba jugar con las formas, publicó su «Sextina primera». Pero héteme aquí que hace unos años apareció una extraña criatura manuscrita en el libro Mis niñeces, o Rasgos eróticos (fechación: hacia 1830) del poeta mallorquín Tomás Aguiló (1812-1884), que supone una excepción a esta teoría. Esta sextina comienza «¡Ay! ¿Cuándo cesará la cruda pena» y se puede consultar en la web de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Posiblemente, teniendo en cuenta que algunos de nuestros más grandes autores la practicaron, haya alguna sextina más enterrada en libros de difícil acceso o autores poco conocidos, pero lo cierto es que la sextina apenas tuvo protagonismo durante todo ese tiempo.
Así que volvamos a su resurrección en el siglo XX. Cincuenta y cinco años pasaron entre la sextina de Ezra Pound y la de Carlos Germán Belli, pero en conversación con este último, nos confirmó que su «Sextina primera» (aparecida en El pie sobre el cuello, 1964) se había inspirado en la del poeta estadounidense, al que había leído en una estancia en USA. Publicó unas cuantas más e incluso uno de sus libros lo tituló Sextinas y otros poemas (1970).
La otra sextina famosa que recupera esta forma en 1966 es la de Jaime Gil de Biedma «Apología y petición», un poema político en el que se hace un provocador y cáustico retrato de España en pleno franquismo. En una conferencia de 1984 él mismo explicaba los motivos que le movieron a escribir un poema en este tipo de estrofa y no se refería a Pound, sino directamente a los trovadores, a los ingleses, y a Fernando de Herrera, como sus modelos; y que la había elegido por su rareza. Es una de las cimas de este tipo de composición.
De nuevo, tengo que decir que a partir de este momento se hace muy difícil hacer un seguimiento de por qué vericuetos va a seguir circulando la sextina en el mundo hispano: son cientos, si no millares, los poetas que se lanzan a componerlas; en muchos talleres de poesía se empleará como motor de prácticas.
Por hacer una rápida nómina incompleta: Mirko Lauer escribe una bastante experimental en 1968; Perú y México serán países en los que se practique bastante la sextina: Aurelio Asiain, Luis Miguel Aguilar, José Luis Mejía, Marco Martos, Pancho Serrano. Antonio Carvajal sacó nueve sextinas algo particulares en Silvestra de sextinas (1992). Javier Salvago, Fernando Ortiz, Aquilino Duque, José Antonio Mesa Toré, Aurora Luque escriben sextinas, con lo cual se podría hablar de una escuela andaluza de sextinistas. El canario Manuel Padorno saca un libro compuesto de veinte sextinas, titulado Éxtasis (1993). Maria-Mercè Marçal tiene unas cuantas. Enric Casasses escribe una tetrasilábica, fuertemente rítmica, que se puede escuchar en internet: «Dóna´m dóna´m». Ana Nuño sacó un volumen titulado Sextinario, en el que hizo una breve historia de la estrofa e incluyó catorce propias. Francisco José Ávila inserta una doble en su novela De la muerte en verano. Jesús Munárriz y Paco Castaño y Álvaro Tato, Carmen Jodra o Esteban Ortega también la emplean. Bernardo Schiavetta tiene varias en Fórmulas para Cratilo (1990), y Carlos Schilling tiene 24 en un libro de sextinas titulado Formas de ver el mar (2006). Etcétera etcétera et cétera.
Sí quiero detenerme en un caso, todavía del siglo XX, paradigmático, el caso más curioso de todos: sorprendentemente, el poeta que más sextinas ha publicado, con más de cien poemas de este tipo, es Joan Brossa, autor fundamentalmente conocido y reconocible por su poesía visual y experimental, pero que se lanzó a escribir sextinas de todo tipo: numéricas, visuales, musicales, permutatorias… demostrando que, en efecto, la fuerza de esta estrofa no está en sus desafiantes materializaciones sino en su incandescente potencia.
En definitiva, tal como decía al principio, nos encontramos con un poderoso artefacto poético reflector y multiplicante —la sextina—, que supone una maquinaria de una tremenda potencialidad por todo lo que abre, por todo lo que posibilita, por todo lo que le queda por hacer. Una forma metamórfica. Una caracola con su secreto afuera.
chús arellano
Colaborador de Anfibia