“Es en el espacio donde encontramos esos bellos fósiles de duración.”1
«El espacio no es eso: no es un escenario vacío preexistente al hombre. El espacio no es anterior, ni sustante ni pervive al cuerpo. Toda idea acerca de él está presupuesta en la existencia de una corporeidad efectiva. El espacio y el mundo no son mercancías del intelecto, no dependen originariamente de facultades mentales. El hombre es, en su sitio. Esta inserción puntual, preespacial es existir. Ella instaura mismidad y situación; también instaura alteridad y separación. Porque hay mismidad y alteridad hay espacio.»2
La poesía suprime el tiempo lineal, el tiempo causal y emplaza al tiempo apretado, paréntesis en el que recostarse sobre una imagen, una escena detenida donde la conjugación del verbo no es más que otro lugar de imaginería.
“Creemos, a veces, que nos conocemos en el tiempo, cuando en realidad solo se conocen una serie de fijaciones en espacios de la estabilidad del ser, de un ser que no quiere transcurrir (…).”3
Balanceo del tiempo en las cortinas.
La densidad del cuarto simultáneo.
El aire no distingue el interior
cuando estira el silencio
para la tarde
de la que nunca nos iremos.
“En sus mil alvéolos el espacio conserva tiempo comprimido. El espacio sirve para eso”4
Situada más allá, siendo un retorno a la vivencia misma del imaginar y a la forma como se estructura la experiencia sin mediar causalidad alguna, sin discurrir, solo siendo resonancia, el tiempo se congela en un movimiento pendular, de ida y vuelta, de escaleras que suben y bajan, y las palabras se ondulan en el bucle vertical que dicta el aire.
Y, de este modo, se va perfilando un contorno propio de la imaginación, el trazo del espacio vivido y el lenguaje, imaginado y vivido y el lenguaje. Y es la casa natal y sus aledaños convertida en epicentro de la expresión poética uno de los lugares donde dialogar y edificar el eco.
PRIMERA CASA
Todo lo que fui olvidando
lo recuerda mi cuerpo por mí.
El pozo, el túnel, el
botón de arranque.
Pura demo(n)stración.
La unidad familiar comienza con el ruido de un cuerpo.
Con ellos tengo este puente y su lenguaje secreto.
Nada más sabio hay que sus brincos y maullidos,
la espuma de sus olas ilumina nuestros pies.
En cuanto mis caderas avanzan por esa casa
la derecha masca la pertenencia,
la izquierda aprende a refundarse.
Las líneas de mi frente hacen todo lo contrario,
riega el vientre la flor de la división.
A toda casa se ingresa siempre a través del cuerpo.
Qué más quisieras que un poema se escribiese con estos dedos
capaces de ir y pulsar teclas tan altas.
Umbral, resorte, código.
No con la inteligencia, ahora.
Con las manos.5
La vida ocupa el nido y este cerca la vida. En él (hogar primigenio) se acota el espacio natal y el ser -su identidad- y, más tarde, la poesía. Todo entreverado con la materia orgánica que un día fue hojas, hierba, ramas, plumas, telarañas.
Ahí, acolchada sobre la tibieza o la suavidad, la protección y la humildad -o la desatención, la falta-, se revelará una imagen y su expresión poética.
Crecen, después, por extensión, todas las periferias radiales del hogar: otros nidos y poblados, barrios, chozas, melodías o miedos, más inciertas intemperies que serán provincias del refugio originario.
Empecé a ver casas y casas. Y casas que estaban más allá de las casas. Que no se podían ver. Y cosas que sucedían hectáreas más allá, y una flor que nació en los lejanos jardines de la abuela, le sentí el barullo, la corona de chispas. Salí a la calle, pero, todo fue inútil. En los árboles, tras de las negras hojas, veía otras hojas, y más hojas, y hasta un bicho chiquitito, le conté las alas.
Y había canastillas, de rosas, por todas partes, los pimpollos iban de la nieve al rojo, padecí su olor a sándalo.
Pasó una nave, cerrada, y vi el marino; naufragó años más allá, entre las ramas y supe, enseguida, el nombre de los navegantes. Los hombres se llamaban Pablo, las mujeres Amelia.
Dije ‘Nada más’. Bajé los párpados. ‘Quiero volver’. Y busqué, a tientas, entre todo aquello. Caminé un poco. Quería encontrar mi casa. Quería encontrar la sombra.
Y sólo vi un ropero de oro, y una sucesión de candelabros.
El rocío ponía por todos lados sus espejos, su blanca estrella, las arañas sacaban de sí, hilos larguísimos, e, increíblemente, hacían nudos en los que caían gemas; se levantaban espárragos, nardos y claveles, sobre los que, también, había trocitos de vidrio, luz de estrella.
Salí a buscar mi desayuno. Carpí por ahí. Aré con un buey muy pequeño, que parecía de juguete, de papel, pero, era muy fuerte y vivo. Eché semillas; rápidamente surgió la planta verde, la baya roja; en una rama había leche, en una rama había fuego. Comí de prisa, porque el sol, al subir, acababa esos resplandores. Volví a casa, y entre antiguos cartones esperé, otra vez, la sombra, y otro amanecer.6
Configurado este cosmos donde se localiza, no solo la construcción que acoge y crece en los principios – en la manifiesta verticalidad que conecta la tierra con la inhalación-, sino también el hogar horizontal y sus dependencias que serán atravesadas por la imaginería: el cuarto, la cocina, la lámpara encendida en la ventana, el armario; un cúmulo de imágenes que entregan una posibilidad al frío.
“Las imágenes de la casa marchan en dos sentidos: están en nosotros tanto como nosotros estamos en ellas”.7
Además, están las delegaciones en las que se propaga: cancillerías de la casa primera que han ido quedando impregnadas de nuestra sustancia y de aquel germen de universo inicial que restalló durante la forja permitiendo la inclemencia fuera. Inclemencia que también, recíprocamente, permite el lugar del ser.
“Cuando escribo “casa” no solamente estoy nombrando la casa donde vivo. Están allí todas las casas desde el primer sitio donde viví. Ese receptáculo de cubos dentro de otros cubos, son una especie de centros como lugares privilegiados que me comunican a su vez con un centro celestial. Es decir, la casa soy yo, mis antepasados, es toda mi estirpe hasta sus raíces en el más allá. Yo escribo los poemas como quien hace un lugar para vivir. De ahí me empeño porque mis poemas tengan una arquitectura muy estricta.
Me refiero a que, yo construyo un poema como quien construye una casa. No me olvido de colocar ninguna escalera, ninguna ventana. Los zócalos están puestos en su lugar, también el techo, y no se pasa de la primera habitación a la cuarta sin haber atravesado antes la segunda y la tercera. Si se analiza bien un poema, puede verse que, por más fantasía que intervenga en él, no hay contradicciones ni en las imágenes ni en la sintaxis. Siempre intento conservar la verosimilitud- no me refiero a la veracidad-de la imagen visual. No se puede sostener el mundo con una pestaña”.8
Y es en el retorno al cuerpo de la casa cuando se producen los reencuentros casuales desde el ángulo quieto: el resol sobre la mesa o el canalón goteando unos segundos; un devanar de rincones para invocar la aparición de una imagen en la suspensión involuntaria de la temporalidad.
De este modo, la vuelta a este cosmos particular permite devolver a nuestra matriz secuenciada su resonancia fundadora y, repercutir esta con el ensimismamiento ante el hogar que a todos nos atañe.
En el reencuentro con la casa originaria, el poeta habla y emerge una imagen desde la mención consciente y el ensoñamiento.
He soñado la casa de mi infancia,
la galería, el vértigo del patio,
la escalera gastada, el pasamanos.
Me he visto ahora, con mis hijas,
enseñándoles cómo se podía
vivir en los espacios
que ellas sentían tan extraños.
Cómo cantar o saltar a la comba,
o cómo merendar con los abuelos,
o cómo, en la ventana,
esperar que mi padre volviera del trabajo.
Y allí estaban aquellos, los fantasmas
que antes de serlo fueron esa vida
y mi vida. Se acercan, me preguntan
cómo va todo. Y yo digo que bien,
miento y no les engaño, ellos saben
quién me quiere y quién no. Mis hijas miran
con esos ojos que son mundos plenos.
No entienden casi nada. Yo tampoco.
Salimos del portal, la nube se desgaja,
mis fantasmas siguen allí, sonríen.
Desde lejos me abrigan con su sombra.9
Fue en este espacio inicial donde, adheridos, creció nuestra función primera de habitar de forma innata y se gestaron los primeros deslumbramientos, las primeras interrupciones y oscuridades, y será en este espacio donde el asombro de la vuelta haga germinar las imágenes que allí se sembraron pues habitar y hablar son simétricos (citando al arquitecto argentino Roberto Doberti), pues la casa del Ser es el lenguaje (tal y como afirmó Heidegger).
LA CASA
Temible y aguardada como la muerte misma
se levanta la casa.
No será necesario que llamemos con todas nuestras lágrimas.
Nada. Ni el sueño, ni siquiera la lámpara.
Porque día tras día
aquellos que vivieron en nosotros un llanto contenido hasta palidecer
han partido,
y su leve ademán ha despertado una edad sepultada,
todo el amor de las antiguas cosas a las que acaso dimos, sin saberlo,
la duración exacta de la vida.
Ellos nos llaman hoy desde su amante sombra,
reclinados en las altas ventanas
como en un despertar que sólo aguarda la señal convenida
para restituir cada mirada a su propio destino;
y a través de las ramas soñolientas el primer huésped de la memoria
(nos saluda:
el pájaro del amanecer que entreabre con su canto las
(lentísimas puertas
como a un arco del aire por el que penetramos a un clima diferente.
Ven. Vamos a recobrar ese paciente imperio de la dicha
lo mismo que aun disperso jardín que el viento recupera.
Contemplemos aún los claros aposentos,
las pálidas guirnaldas que mecieron una noche estival,
las aéreas cortinas girando todavía en el halo de la luz como
(las mariposas de la lejanía,
nuestra imagen fugaz
detenida por siempre en los espejos de implacable destierro,
las flores que murieron por sí solas para rememorar el fulgor
(inmortal de la melancolía,
y también las estatuas que despertó, sin duda a nuestro paso,
ese rumor tan dulce de la hierba;
y perfumes, colores y sonidos en que reconocemos un instante del mundo;
y allá, tan sólo el viento sedoso y envolvente
de un día sin vivir que abandonamos, dormidos sobre el aire.
Nadie pudo ver nunca la incesante morada
donde todo repite nuestros nombres más allá de la tierra.
Mas nosotros sabemos que ella existe, como nosotros mismos,
por el sólo deseo de volver a vivir, entre el afán del polvo y la tristeza,
aquello que quisimos.
Nosotros lo sabemos porque a través del resplandor nocturno
el porvenir se alzó como una nube del último recinto,
el oculto, el vedado,
con nuestra sombra eterna entre la sombra.
Acaso lo sabían ya nuestros corazones10
Y allí la casa se despide: las cartas, las maletas y vestidos tienen después del fin su propio cierre.
Marisa Bello
Consejo editorial Anfibia
NOTAS:
1Bachelard, Gaston: Una poética del espacio (Fondo de cultura económica de Argentina, 2000) p. 31.
2Breyer, Gastón: El ambiente de la vivienda (Revista 47, 1999) Recuperado de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=8701255
3Ibídem (se refiere a Bachelard, p. 31).
4Ibídem.
5 Castaño, Yolanda: Materia (Visor, 2023)
6Di Giorgio, Marosa: Los papeles salvajes. La liebre de marzo (Adriana Hidalgo, 2024)
7Bachelard, Gaston: Una poética del espacio (Fondo de cultura económica de Argentina, 2000) p. 23.
8 Extracto de conversación de Olga Orozco para entrevista de Mónica Sifrim, (Diario Clarín, 1989) Recorte periodístico, colección CMOO.
9 Bautista, Amalia: Roto Madrid (Renacimiento,2008)
10 Orozco, Olga: Poesía completa (Adriana Hidalgo editora, 2012)