María Negroni

De Interludio en Berlín (Pre-textos, 2014)

Era de noche o de día en mi biblioteca emocional. Primeras aventuras, casi graves, casi tristes, y el amor ni al Este ni al Oeste de la zona oscura. Sin consuelo, el monólogo de la vida. Tuve que parar al primero que pasaba y preguntar: ¿Cuál yo es yo? El hombre pareció desesperarse. Bajó las escaleras de un libro a otro, y empezó a desvestirme de mis frases de piedra. 

*

En Berlín, entré por segunda vez como si yo misma fuera el muro que ha dejado de existir. Graffiti en las costras del cuerpo. Confusiones de muchacha del Tercer Mundo que perdió la fe en las revoluciones, talmente lista a sepultar al amor cuando locura ya no hubo que la ayudara a perderse. Tuve que insinuarme en estrechuras, ser otra respecto de nadie, renglón sensible, con una voz de aire delgado. Pasó una nena en bicicleta. Enséñame, le dije, cómo escribir lo que me extraña. Se alejó sin darse vuelta, liturgia erguida en mi estrella nómade.

*

Días en que me encierro con todo lo necesario adentro y ningún cielo afuera. Nada como la sensualidad de la nada. Por la calle, pueden pasar todas las alemanas del mundo hacia el contorno de alguna realidad tan irreal como la mía. ¿Qué podría importarme? He aquí mi pedacito de infierno, mi derrota dulcísima: sentarme bajo el sol negro de mi propio cuerpo cuando las plazas duermen y es la hora del siglo XIX. Mañana te cuento cómo me fue. 

*

Hoy escribí once palabras. Taché diez. Quedó la palabra música. Movediza como un niño que, no pudiendo estarse quieto, hace rodar cerezas sobre el mantel. La miro sin entender. No sé qué desastre anuncia, qué noche de la visión, qué sonido de muchas aguas, tan desahuciadas como yo. Ligereza y lujo de callar. Esa música en la vida de la vida, que eternamente sube y cae, eternamente cae y sube, para acoger la gracia sin por qué.

*

A esto se reducen mis pecados traducibles a ningún idioma: no logré transformarme en militante sensual. Soy aún la chica diligente, organizando la carencia. ¿Alguna vez amó mi corazón? Rápido e intenso, el domingo llega, reparte golosinas, muertos, besos políticos, y cae en el país de lo irreal. Yo misma partida por el eje. Tomé vino a ver si así atraía un cielo protector.

fotografía: Diana Pfamatter

María Negroni (Argentina, 1951)

María Negroni publicó numerosos libros, entre otros: Arte y FugaCantar la nada, Elegía Joseph Cornell, Interludio en Berlín, Exilium, Objeto Satie, Archivo Dickinson y Oratorio (poesía); Ciudad GóticaMuseo NegroEl testigo lúcidoGalería Fantástica, Pequeño Mundo Ilustrado, El arte del error, La idea natural y Colección permanente (ensayo); El sueño de ÚrsulaLa Anunciación y El corazón del daño (ficción). Obtuvo las becas Guggenheim y  Fundación Octavio Paz en poesía, el Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI, dos Premios de la ciudad de Buenos Aires en 2021 y la beca del DAAD Programa Internacional de Artistas en Berlín 2024/2025.

Además, su libro Islandia recibió, en su versión en inglés el Premio al Mejor Libro de Poesía en Traducción del año del PEN American Center (Nueva York, 2002) y su último libro de poemas, Utilidad de las estrellas (Pre-Textos, 2024) recibió el Premio Margarita Hierro de España. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, sueco y portugués. 


EPISTEMOLOGÍA DEL NO SABER

Una poética es un proyecto de incertidumbre.

También es, en palabras de Henry Meschonnic, una ética del lenguaje y una política del sujeto.

Si, como sugiere el crítico francés, lo cultural es sordo y los diccionarios constituyen siempre el esqueleto muerto de una lengua, la urgencia de la escritura será, en primer lugar, desaprender.

Pensar contra los saberes.

Quedarse en las escenas filtradas por la duda, no para transmitir -como en el lenguaje cotidiano- significados preexistentes, sino para alumbrar aquello que es puro espasmo, cesura, interrupción.

Son palabras de Ricardo Piglia: “todo novelista tiene una teoría o maneja algún tipo de hipótesis, en el sentido de que elige ciertos procedimientos y sabe con claridad lo que no quiere hacer”.

Y quienes escriben poesía, ¿qué hipótesis manejan?, ¿qué procedimientos?, ¿cómo saber, por ejemplo, qué se dice y qué se piensa en este verso de Paul Éluard?

El cuervo sabio renacerá cada vez más rojo.

Sabemos, sí, que la palabra poética es la única que no puede tematizarse. Si alguien pidiera una glosa, habría que volver a leerle el poema, tal como fue escrito. (No se resume una melodía, dijo Paul Valéry).

El poema funda su casa en una doble conciencia: la de entender, por un lado, que la expresión verbal no suplanta a la experiencia, y, por el otro, que nada existe afuera del lenguaje. Por eso, quizá, irrumpe siempre como ráfaga y nos deja a merced de agujeros fecundos donde las apariciones insólitas pueden favorecer “la bancarrota de lo real”. 

Bruno Schulz denominó a esa conciencia “cortocircuito entre el sentido y las palabras”.

(Colección Permanente, Random House, Barcelona, 2025)

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