SIN NÚMERO DE EXPEDIENTE
nudo de líneas sin presagio
historia plegada en espiral
hacia adentro
el ojo del pez lee la carta
y la escama que es augurio
indispensable
laberinto sin salida
el caracol negro gira gira gira
sin señal de fortuna
ni sospecha de cifra
la mano-cable busca el dado
el dado busca otro camino
el camino busca su número ciego
órganos de friso antiguo
todo ornamento todo designio
nada revelado en este momento
gracias por su apuesta
y el puño central
que queda tras cerrarse
en el estómago vacío
SUEÑA Y RECICLA
Hay una capa debajo
de otra capa y debajo,
otra que recuerda a la primera.
El sueño es una ciudad
que se desmonta
y se rehace un instante
después con los mismos ladrillos,
pero en distinto orden.
Abro una puerta: hay un semáforo.
Tras la acera, un murmullo;
tras el umbral, un callejón.
Los edificios se mudan al ruido
que vive tras el escaparate,
debajo, una farola; más abajo,
un tranvía, un puente y una esquina.
Niveles de asfalto sobre el bullicio
laminado del andén; antes revestimiento,
antes mercado, antes parque, antes noche.
Mantos de luz, lechos de sombra,
coberturas, velos, espesores.
Hay una capa debajo
de otra capa; debajo,
el sueño de la ciudad
recordándose a sí mismo
una y otra vez,
hasta que todo encaje.
ECUACIÓN
Con jirones de esperas
cosemos el camino.
Lo que el día entrega,
de nombre lo cambia el hambre.
Mírate: eres el resto de una luz
y el principio de una pieza.
La huella no es un paso,
es la cicatriz
hacia el núcleo en fuga,
donde la cosa se colma,
y se deshace
solo por la suerte
de volver a ser algo.
CARAS/S
El poema sabe que es
una cara y se avergüenza.
El poema no es rostro
pero tiene mucho
y una nariz grande
que casi no huele
con ojos de dólar
mirándote adentro.
Otra cara es la pregunta
sin corazón ni cabeza,
puro rectángulo de hojalata
grito abierto hacia arriba
piedra mundo sin historia.
El poema se mira
en el espejo
y no se reconoce.
Normal, dice.
Aquí nadie nació,
todo fue dibujado
y se pregunta:
¿cuántas caras necesito
para dar la vuelta?
Entre los rostros,
en los espacios sin nombre
uso la mía mientras leo,
y las devuelvo cuando termino
o me las quedo, total,
elige tu respuesta.
Nota al margen:
Esto fue escrito
por alguien que no
sabe qué cara poner.
NOSEFÍA
(Definición que se desintegra para volver)
Las sílabas no le caben en la boca,
las letras habitan una cabeza
que nombra el hueso que lleva
dentro lo que queda de la casa del borde,
venimos del gesto que rasga
la orilla donde las palabras
no llegar a decir
o se ahogan.
Recorta, busca en la herida la forma
de un planeta cosido con oro
a un pliego que fue escrito mientras ardía
—arden los nombres, los techos, los ríos—
la misma curva que dobla la noche
vista desde arriba o desde abajo.
Alguien deletrea su ciudad en el humo
y recoge del suelo una letra
que ya no es suya.
Dijo el recorte — y en esa letra
todo el desorden escrito:
el que se rompe en dos y sigue siendo.
Ya no hay verbos,
el logro se ha roto de la página,
solo razones para el silencio.
Mira el círculo: un cerezo
mientras los coches fluyen
en el diálogo de los pétalos.
El ojo es huracán,
un vórtice de liquen y cian
que no sabe mentir.
¿Quién observa a quién
en esta mar de mareas?
La ciudad es un telón de fondo
de escritorio desmondado,
una arquitectura de papel en fuga.
Escamas púrpuras de un atardecer
de un pez de otras aguas,
que solo existe en la mano de un ciego.
Grita la mancha,
el mundo es un mapa editado
responde la mirada.
Un rostro asoma
por las líneas, ángeles del ruido,
el corazón de un cadáver
que aún respira bajo el frío
de las galerías.
Acepto el fragmento,
de lo que ha sido arrancado.

Quino Romero (Madrid, 1973)
Diseñador gráfico de profesión, licenciado en Filosofía, su trayectoria se define por una exploración constante de la poesía y la experimentación gráfica, una búsqueda que en 2013 inició su andadura editorial con el título Para no volver, al que siguió en 2018 la obra Motivos, ambos bajo el sello de la autoedición. En 2020 publicó el monográfico de poesía visual Letraser (Ediciones Babilonia). Complementa su producción con la creación de piezas experimentales que transitan formatos como el fanzine, la cartelería, el arte postal y otras propuestas más arriesgadas.
Como gestor y dinamizador cultural, es cofundador del laboratorio de creación Proyecto Genoma Poético. Su labor en el ámbito de la edición independiente se define por la coordinación de Karawanzine, magazine cultural enfocado en el distrito de Carabanchel, así como por la organización de diversas convocatorias de creación y talleres en proyectos colectivos como H100, Probeta, Levantarse o Fanzine sin Nombre.
En su faceta visual, ha realizado distintas exhibiciones individuales y colectivas en diversos espacios culturales de Madrid y Carabanchel, participando en muestras dedicadas al collage, el mail-art y la exploración visual. Destaca su aportación de ilustraciones en Ardimiento de Baco (Editorial Zoográfico, 2014). Asimismo, sus textos y propuestas visuales junto a Genoma Poético han sido incluidos en volúmenes como La casa del poeta (Trampa, 2018) y en la selección de Voces del extremo (2015). Especializado en la intersección entre literatura y juego, ha desarrollado una línea de creación de artefactos y prototipos que exploran la gamificación de lo poético a través de barajas experimentales (Poet Poker, Baraja Fantástica, BYN) y propuestas de tablero que reinterpretan clásicos bajo una mirada lírica (Poetchis, Poetzzle, El juego de la boca o El juego del poema). Su actividad se extiende tanto al ámbito digital como al físico mediante colaboraciones periódicas en revistas de poesía experimental y diversas plataformas de difusión artística.
¿De dónde nace tu interés por la poesía y cuáles son tus modelos?
Nació antes que el papel en el oído, de niño, con mi tío Joaquín, se me grabaron la
musicalidad de Lorca en la voz de Gabriela Ortega y la cadencia popular de Manuel
Benítez Carrasco. En la pubertad algo se movía por dentro, cierto asombro ante la grieta que separa lo que sentimos de lo que podemos nombrar, esa búsqueda me llevó de la
introspección de Bécquer al riesgo total de Rimbaud. En la facultad, me acerqué a la
esencia de Salinas y a la verdad descarnada de Gloria Fuertes, pero fue con
Valente con quien aprendí que la palabra delimita el vacío, una idea que hoy
resuena en la densidad de Gamoneda y la precisión de Chantal Maillard. A los
veinte largos, empecé a interesarme por las vanguardias: Mallarmé me mostró el
valor del blanco y Huidobro me dio el permiso para romper la gramática. Hoy escribo
en esa zona de sombra donde la razón se rinde, buscando el encuentro entre la
audacia de Lautréamont y el misterio de Lorca: una es ruptura; la otra, voluntad de
sentido.
¿Ejercitas la imaginación o simplemente ocurre?
La entreno como un músculo en tensión. No espero el relámpago; provoco el
hallazgo mediante un ensamblaje de métodos. Mi proceso es deliberadamente
técnico, un Oulipo personal donde el poema nace de obedecer reglas o imágenes
que actúan como imanes. Pero lo más potente ocurre en la creación compartida:
entiendo la imaginación como un ejercicio dialéctico; el juego con otras personas en
proyectos colectivos obliga a buscar salidas que la propia lógica nunca encontraría.
La estructura no es una jaula, sino el andamio que me permite traicionar el plan
inicial para encontrar el verdadero hallazgo.
Una manía, un objeto, un rito.
Tengo fobia a la página en blanco cuando se presenta como libertad total; ese vacío
me paraliza. Por eso, mi rito es el mecanismo: diseño un procedimiento —azar,
listas de palabras o técnicas de permutación— antes de escribir. Mi objeto es el
«proceso». Utilizo el azar para sabotear mis propios sesgos. En este plano, la
Inteligencia Artificial es una herramienta definitiva: cuestiona el rol del autor y
permite explorar una despersonalización donde el poema ya no dice lo que yo
quiero, sino lo que el lenguaje descubre bajo presión.
¿Qué ecosistemas nos recomiendas?
Mi entorno es una mezcla de calle y fibra. Por un lado, la vida cultural más próxima, en Carabanchel, con recitales, talleres, encuentros, presentaciones, en bibliotecas, librerías, centros sociales… donde la poesía se vive. Por otro, mi archivo simbólico donde la vanguardia histórica se cruza con lo visual. Recomiendo los sistemas de Joan Brossa y Guillermo de Torre, la rebeldía de Mina Loy o las estructuras de Cirlot. Mi mapa se expande desde el Letrismo clásico hasta las interferencias de Ulises Carrión.
¿Cuál es tu organismo vivo favorito?
El musgo. Me fascina su capacidad de habitar el intersticio, la mínima fisura donde
nada más prospera. Pero, sobre todo, me interesa porque no es una planta aislada,
sino una colonia: una alfombra coral que depende del agua pero crece en la roca
dura. Escribir es ese mismo tránsito anfibio, tienes una mano en la sequedad de las
reglas y la otra en la humedad del misterio. Como el musgo, al poema no le hace
falta un suelo fértil; le basta la resistencia de la piedra y la fuerza del grupo para
resistir.