Érase una vez una mujer que gusta de la poesía. Una mañana de borrascas infinitas se atreve a pensar, le gustaría que el cielo le enviara las palabras justas para contar las maravillas que ha leído. ¿Quién está ahí? Soy aquello que al cielo has reclamado, vengo a ofrecerme. La mujer advierte unas mejillas del color del nácar. Se asusta. Se siente seducida. Dispone de un tesoro inagotable, con tal de gastarlo entero. Así comienza esta historia.
Sola, bajo la lámpara, siento una incomparable alegría al hojear los libros de autoras ya inexistentes a quienes no he conocido, y hacerme amiga de ellas. Yoshida Kenko.
La mujer avanza tanteando, atendiendo al ritmo de su respiración, siguiendo algo así como un instinto primario. En realidad, su plan no es otro que el simple acto de contar lo que leyó. Tal vez fracase, quizá no le salga del todo bien. Pero ella insiste. Así comienza esta historia.
Como podría yo, una infeliz mujer, atreverme a contar de nuevo tus hazañas.
Cómo podría yo dedicarme a escribir el libro de las veces que has salvado a tus muchos devotos del peligro. Madhavi Dasi.
Imaginemos la luna detrás de una puerta de papel de arroz, imaginemos que peregrinamos por caminos cubiertos de boñigas de vaca o que nos encuentra el amanecer llorando en una tierra salvaje como una flor de ciruelo. Está llegando la noche. Despertamos cómo náufragos en otro planeta. Este es un relato sobre lo extraordinario de la poesía escrita por mujeres en un tiempo muy remoto.
En la caldera hierve el agua.
Reluce el hacha cual de plata.
La vaca tiende el cuello,
lanza un hondo suspiro.
Esta aterrada. ¿Dónde podría esconderse?
En su próxima vida, quisiera renacer
armada de caparazón y de escamas.
No para hacer daño, no;
solo para protegerse.
Huang Chien Chu.
“No se alcanza el hogar antes de tiempo” es un verso de Lalla. Lalla, a la que casaron a los doce años, Lalla, la que abandona su hogar y toma los hábitos. Precursora de la fusión entre el vedanta y el sufismo, sus canciones son recitadas por igual entre musulmanes e hindúes:
Solo un hilo muy frágil
me ayuda a remolcar
mi barca por las aguas
de la existencia.
¿Me ayudará mi Dios
a alcanzar la otra orilla?
¿O se me está escurriendo
la vida como el agua
de un vaso que estuviera
cocido a medias?
No te preocupes, alma,
por ser tan pobre y sigue
haciendo tu camino:
no se alcanza el hogar
antes de tiempo.
Mirabai era sabia y quería aprender. Un emperador musulmán se disfrazó de mendigo para tocarle reverentemente los pies. Su marido, humillado, le exigió que se ahogara, pero Krishna le impidió consumar el “suicidio”:
Hermana,
ese monito
me robó esta mañana el sari y se sentó
con él en una rama de un kadamba.
…
Aprovechándose el monito
de que yo me encontraba
en el río desnuda,
se apoderó de pronto de mi sari.
Cómo se reían mis amigas
y aplaudían al verme en tal apuro.
Mahadeviyakka abandonó a su marido. Vestida solo con sus trenzas, se dirigió a buscar la enseñanza de los santos:
Haz que pida limosna
casa por casa.
Pero cuando mendigue,
haz que no me den nada.
Y si me dan,
haz que se caiga al suelo.
Y una vez en el suelo,
y antes de que lo coja,
haz que un perro me lo arrebate,
oh señor
blanco como el jazmín.
Atukuri Molla fue la primera escritora en telugu de la que se conservan sus obras, pertenecía a la casta de los alfareros:
No soy una erudita
y, por tanto, no distingo,
entre los extranjerismos
y las palabras propias.
No conozco las reglas
que rigen las combinaciones
ni tengo un gran vocabulario.
No soy experta
en lo que se refiere a la composición,
a la semántica o al estilo.
Lo ignoro todo
sobre la fonética, los casos,
la raíz de los verbos,
las figuras del lenguaje,
los metros y la prosodia.
Poco diestra a la hora de escribir,
en la elaboración de episodios épicos,
en los métodos para enriquecer el léxico
y en los criterios básicos de redacción,
sin embargo
soy capaz de hacer poemas
por la gracia del famoso Señor
Shri Kantha Malesa.
Mover las palabras para que vibren y en la vibración el uno deja que entre el afuera. Al amanecer, la conciencia despierta, pero no del todo.
Janabai era sirvienta:
Jani barre la casa.
Dios se encarga de recoger
la suciedad
y, cargándola sobre su cabeza,
la arroja lejos.
Ganado por su devoción,
el señor realiza
las tareas más bajas.
Dice Jani a Vithoba,
¿cómo podré pagarte?
Ratanbai, hilandera:
Hermana, quiero mucho a mi rueca.
Mi familia depende de ella.
Mi marido se fue, después de que nos casáramos,
a ganarse la vida a otro lugar.
Después de doce años
volvió,
solo traía
una moneda y media de cobre que perdió
al bañarse en el Ganges.
Padres, madres, cuñados, suegras,
todos nos han abandonado.
La rueca ha sido nuestra salvadora.
Gracias a ella pude
pagar todas las deudas que dejo mi marido
y ahorrar esta rupia
que he cosido en un pliegue de mi sari.
Muddupalani componía en más de ocho lenguas distintas:
Querida,
¿por qué crees
que pateé con saña a Kaliá?
Esa serpiente
quería hacerle sombra
a tus hermosas trenzas
…
Como reacción al elitismo de los sacerdotes nace la poesía devocional en el sur de la India. Es una poesía que habla del amor y la luz, de la muerte y de la alegría, habla de la nada de las apariencias, habla de ti y de mí (Jesús Aguado).
De Sule Sankavva solo se conoce un poema. No sabemos nada más acerca de ella:
Como una prostituta
a un hombre me he vendido.
A nadie más daré lo que ya he dado.
Si lo hiciera sería
desnudada primero y luego asesinada.
Si aceptar acostarme con impuros
mis manos, mi nariz y mis orejas
serían arrancadas con un cuchillo al rojo.
Pero nunca, Señor,
después de conocerte ya no podría hacerlo.
Te lo prometo,
oh, libertino Shiva.
En la antigua China, jóvenes pobres eran contratadas para dar placer sexual e intelectual a funcionarios y hombres de negocios a través del canto, la danza y la poesía.
Du Qiuliang:
Vestimentas de hilos de oro
Aunque sean bordadas con hilos de oro,
no des tanta importancia a tus vestimentas.
Pero sí a cada hora y momento
de tu lozana adolescencia.
Las flores hay que cogerlas a tiempo.
Si no, te quedarás sólo con las ramas secas.
Rojo sobre labios. Letra de Li Qingzhao. Traducción Pilar González España. Voz en español de Salomé Ballestero
Tras columpiarse se pone en pie
demasiado perezosa para lavar sus delicadas manos
pequeña flor mojada de rocío
gotas de sudor traspasan su vestido
llega un invitado
y ella, descalza, con su horquilla de oro resbalándose
se retira avergonzada
pero antes se apoya contra la puerta entreabierta
y lo mira ladeando su cabeza
mientras huele el perfume de una ciruela verde.
El sueño de la primavera, el trinar, hoy y siempre, la lluvia, ayer y siempre, los pétalos caerán, mañana y siempre. En la poesía china todos los tiempos se hacen presente, y lo hace vaciándose de las palabras muertas, de las palabras vacías. Li Qingzhao escribía poemas para ser cantados.
Una rama de ciruelo
El aroma de los lotos se desvanece
Verde alfombra de otoño
Me desabrocho el fino vestido de seda
Sola subo a la pequeña barca
¿Quién me enviará a través de las nubes
bellos poemas de amor?
Quizá volando de regreso
las ocas salvajes dibujen palabras en el cielo
La claridad de la luna envuelve el pabellón del Oeste
Las flores se marchitan
pero las aguas fluyen como siempre
Igual que nuestro amor
dos lugares distintos y una misma tristeza
que quisiera detener, pero no puedo
Lágrimas que desde mis ojos caen
desde mi corazón ascienden
desde mi corazón ascienden
dentro de la nieve
la primavera anuncia su venida:
una flor de ciruelo asoma
entre heladas ramitas de mármol
y su rostro perfumado
a medio abrir
purísimo
como si después del baño
una mujer muy bella
entrara en el jardín
con su vestido nuevo […]
El ciruelo en flor ocupa un lugar especial en los corazones chinos. Pino, bambú y ciruelo son “los tres amigos”. El ciruelo chino crece en colinas remotas donde puede vivir más de cien años. Sus contorsiones recuerdan al dragón. Cada año es el primero en florecer. Por eso simboliza el amor eterno.
En Japón el ciruelo también fue la flor más cantada hasta que, en el siglo VIII, la capital se trasladó de Nara a Kioto. Entonces empezaron a aparecer flores de cerezo en los poemas.
Siempre me han gustado las historias que cuentan cómo comenzó todo. En el reino de Wa, la reina Pimiko se ocupaba de la magia y tenía hechizado a su pueblo. Tenía mil damas y solo un hombre que la servía la comida, era su medio de comunicación con los súbditos. Cuando falleció Pimiko se nombró a un hombre como sucesor, pero el pueblo no lo obedecía. Entonces se escogió a Iyo como reina. Iyo tenía tan solo trece años. El orden se restableció en el reino de Wa.
Si quieres llegar a la cúspide avanza por lo hondo, si quieres poseer la fuerza conoce la impotencia. Todo revela y esconde, no sabes si el viento te arrastra o eres tú quien arrastra al viento.
Consorte principal:
Barcos que vais
muy lejos de las playas
del mar de Omi,
adonde haya ballenas,
ahora que estáis
cerca ya de la costa,
no golpeéis
la orilla con los remos,
no golpeéis
la orilla con los remos,
no espantéis a las aves que,
tierno como la yerba,
amaba mi joven señor.
El Manyoshu, “Colección poética de las diez mil hojas”, es un ramillete de más de cuatro mil quinientos poemas donde comparten espacios pescadores y soldados, damas, emperatrices y labriegas:
Las manos agrietadas
de moler tanto arroz;
esta noche, tal vez,
con un lamento,
las tomará de nuevo el amo joven.
De un total de 530 voces, ciento treinta son femeninas. No hay otra civilización con tantas mujeres poetas como en el Japón antiguo.
La princesa Nukata:
Ardo en amores
tanto y tanto que antes
de así vivir,
moriría en el monte
con una piedra de almohada.
Emperatriz Iwanohime:
Pienso seguir
aquí siempre esperándote
hasta que tenga
escarcha en este pelo
negro y alicaído.
Otomo no Sakanoue:
Aunque digas vendré,
a veces no vienes. Por eso,
si ahora dices no vendré,
¿por qué debo esperar tu llegada
si has dicho que no vendrás?
Dama Kasa:
Mis sentimientos
has revelado a todos.
Has destapado
el cofre de mis peines;
te he visto hacerlo en mis sueños.
En el prefacio del Kokinshu, la antología imperial del periodo Heian, Ki no Tsurayuki compara la poesía japonesa con las hojas de una planta que tuviera por semilla el corazón de los seres humanos.
Princesa Sotori:
¡Qué bien me sé
que esta noche mi Amor
a mí vendrá
guiado por los hilos
de tejedora araña!
Dama Ise:
Ni aun en sueños
por él quiero ser vista.
¡Ay, mi rostro
que una y otra mañana
ajado veo en el espejo!
Akazome Emon alude en estos versos al Sutra del Loto:
Sin yo saberlo
en la ropa llevaba
valiosa joya.
¡Qué alegría, de mi sopor
despertar y verla!
Izumi Shikibu se casó varias veces, la única de la época Heian en ser censurada por promiscuidad:
Con añoranza del amor
escucho la campana del monje.
Nunca te olvidaré,
ni siquiera por un intervalo
corto como los que hay entre las notas de la campana
Ono no Komachi puso a prueba a su enamorado exigiéndole que la visitara cien noches antes de darle su amor. Él se presentó noventa y nueve noches. En la noche número cien no apareció, había muerto. Ella enloqueció de añoranza esperándolo.
Hana no iro wa
utsurinikeri na
itazura ni
waga mi yo ni furu
nagame seshi ma ni
El color de las flores
se va desvaneciendo:
así pasa mi vida, vanamente,
envuelta en tristes pensamientos,
viendo caer la larga lluvia.
Nagame: “largas lluvias”, pero también “observar abstraídamente un paisaje”, algo que evoca tristeza y melancolía. Las ramas que recojo son para hacer leña, qué pena que no sean para perfumar mis mangas (Ono no Komachi ya anciana, según texto de la obra de teatro noh).
Sei Shonagon significa literalmente “consejera menor Sei”. El nombre real de esta dama de honor de la esposa principal del monarca sigue siendo desconocido. Sei Shonagon escribía en su cuaderno de cabecera bocetos de poemas, narraciones, paisajes en miniatura, listados de cosas que hacen palpitar el corazón:
Gorriones que alimentan a sus crías. Pasar por un sitio donde hay niños jugando. Dormir en un aposento donde ha ardido un fino incienso. Comprobar que el elegante espejo chino se ha tornado un tanto borroso. Ver un apuesto caballero que detiene su carruaje ante la puerta de una e instruye a sus servidores que anuncien su llegada. Lavarse el cabello, asearse y acicalarse y vestir ropajes perfumados; incluso si nadie ha de ver a una, estos preparativos producen un placer interior. Es de noche y se ha estado a la espera de un visitante. De pronto una se sobresalta por el ruido de gotas de lluvia que el viento arroja contra las celosías.
La poesía es una llave que nos abre a un tiempo del que apenas vislumbramos las claves y, sin embargo, algo queda suspendido en el aire y sustenta un puente. El puente se balancea. Estoy perdida. Dejo que sea el aliento que queda lo que me conmueva. La mujer de rostro de nácar me dice, desnúdate, recibe la sensualidad de la palabra, estás rescatando tesoros.
Tsai Yen:
Un jefe tártaro me obligó a ser su esposa
y me llevó lejos, al margen del cielo.
Diez mil nubes y montañas cortan
el camino a mi tierra y remolinos de polvo
y arena soplan en mil lenguas. Aquí los hombres
son tan salvajes como víboras gigantescas
y se pavonean acorazados haciendo crepitar sus arcos.
Mientras canto la segunda estancia,
casi rompo las cuerdas del laúd.
Sin voluntad,
con el corazón roto,
canto para mí misma.
En mi humilde aposento descansé al caer de la tarde, mi ropa desgastada por el tacto de tantas caricias. Llegué desde lejos con un vestido de seda china, había danzado las danzas de la diosa de los quinientos brazos, había comprendido la caducidad de la vida, escuché atentamente desde detrás de un biombo. De muchas poetas no se conoce el nombre, su identidad se oculta a la luz imprecisa de los relatos de mil generaciones de hombres. Di mi nombre, les escucho decir, pero no podrás retener las palabras. Las extraño, pero no soy ellas, se me escapan, el papel de arroz apenas refleja un breve instante de su blancura. Enamorarse también es no entender. Aquí comienza realmente esta historia.
Fuentes inspiradoras y nutricias
La luz de la noche. Los grandes mitos en la historia del mundo. Citati P. Acantilado, Barcelona, 1996.
La ruta del silencio. Viaje por los libros del Tao. Iñaki Preciado Idoeta. Trotta, Madrid,
2022.
¿En qué estabas pensando? Antología de poesía devocional de la India. Siglos V-XIX, Jesús Aguado. Fondo de Cultura Económica de España, Madrid, 2017.
La escritura poética china. Seguido de una antología de poemas de los Tang. François Cheng. Pre-textos, Valencia, 2016.
Li Qingzhao. Poesía completa (60 poemas ci para cantar). Ediciones del oriente y del Mediterráneo. Madrid, 2010.
Antología de poetas prostitutas chinas (siglo V-siglo XXI). Guojian Chen, Visor, Madrid, 2010.
Mil años de literatura femenina en Japón. Carlos Rubio. Satori, Gijón, 2021.
La semilla y el corazón. Antología de poesía japonesa. Alba Poesía, Barcelona, 2022.
9 piezas de teatro Noh. Ediciones del oriente y del Mediterráneo. Madrid, 2008.
Las veinticuatro categorías de la poesía japonesa, Si Kongtu. Trotta, Madrid, 2021.
Guardar la casa y cerrar la boca. Clara Janes. El ojo del tiempo. Siruela, Madrid, 2015.
Salomé Ballestero
Consejo editorial Anfibia