Víctor Pérez: No temer a Darwin

El veneno recibe una alta puntuación solo si es ingerido en un recipiente inadecuado: una taza de desayuno infantil, un dedal de costura. La ironía no suma, pero el desajuste sí.

La zambullida desde una altura considerable es una categoría compleja, sujeta a innumerables variables que pueden hundir o encumbrar la nota final. Se penaliza el grito. Se premia el silencio durante la caída, la verticalidad del descenso, la elección de un vestuario que armonice cromáticamente con el color del agua en esa estación del año. Un abrigo de lana oscura sobre un mar invernal es un acierto casi seguro. Un bañador estampado en un pantano, un suspenso rotundo.

Los resultados también se ponderan.

Un cuerpo descubierto por un niño de corta edad —una edad en la que el hallazgo se inscribe no como trauma sino como un asombro neutro— obtiene una bonificación por la pureza de la mirada receptora.

Se resta puntuación por cualquier nota explicativa. La palabra escrita es un intento de controlar la narrativa, y este tribunal valora únicamente la narrativa del cuerpo, el texto final del objeto en su entorno.

La dispersión de cenizas en un lugar sin ninguna carga sentimental previa, como un aparcamiento de varias plantas, es un gesto de una elegancia suprema.

Una disolución anónima.

La máxima puntuación.

El lazo recibe un tratamiento aparte. No el lazo burdo y apresurado en la viga de un granero, un acto de desesperación rural que apenas califica para la tabla, sino el nudo de ocho bucles, aprendido en un manual de náutica de una edición descatalogada, suspendido del gancho de una grúa de construcción en una obra paralizada, preferiblemente un domingo por la mañana cuando la ciudad entera es un organismo que duerme con la boca abierta.

La exactitud del cálculo es fundamental.

Se bonifica la fractura cervical limpia, instantánea, un chasquido que es más un acento final que un sonido de lucha. La asfixia lenta, con su coreografía de espasmos y su gama cromática en el rostro, es considerada una vulgaridad, un fallo en la planificación que denota una falta de respeto por la propia empresa.

El habitáculo de un vehículo, preferiblemente un sedán de fabricación europea con la tapicería intacta y el cenicero vacío, detenido en el arcén de una carretera secundaria por la que solo transitan camiones de reparto antes del amanecer, ofrece un escenario de alta puntuación para la inhalación de monóxido. El detalle de dejar las llaves puestas en el contacto, como si el viaje pudiera reanudarse en cualquier momento, es un toque de fineza que el tribunal sabe apreciar.

El intento fallido, por contra, es una mancha en el expediente.

No hay mérito en la intención. El tribunal no concede segundas oportunidades.

El fuego, como agente final, es una categoría que el panel aborda con una desconfianza casi instintiva, una aversión al drama de la antorcha humana que corre sin rumbo por una plaza abarrotada.

Un espectáculo de pésimo gusto.

Una súplica.

El comité no atiende súplicas.

La puntuación, sin embargo, experimenta un ascenso vertical en los casos de combustión interna, una quema que no busca el testimonio. Se ha documentado con aprobación el caso de un horticultor que, tras regar por última vez sus orquídeas fantasma, empleó como acelerante no un derivado del petróleo, sino un alcohol de grano de alta pureza que él mismo había destilado.

Sentado en un taburete de mimbre, en el centro exacto del invernadero, no ardió: se evaporó. La llama fue una columna azul y limpia, casi inodora, que consumió el cuerpo de dentro hacia afuera, sin lamer los cristales ni marchitar una sola hoja de las plantas circundantes.

El resultado fue un montículo de ceniza blanquísima sobre el mimbre intacto.

Una limpieza.

El panel valora la pulcritud.

El enfriamiento progresivo como método de abandono corporal es una especialidad que solo unos pocos candidatos consiguen ejecutar con la nota necesaria, pues requiere una negociación íntima con la propia termodinámica del cuerpo, una rendición pactada que el comité distingue de la mera y torpe hipotermia del excursionista sorprendido por un cambio de frente.

No se valora el accidente. Se valora la cita.

La máxima nota se reserva para aquel que elige un páramo elevado en pleno enero y acude a la cita vestido con un traje de lino, zapatos de verano sin calcetines, como si se hubiera equivocado de estación en un calendario personal que solo él comprende. No hay equipaje. No hay refugio. Solo el cuerpo expuesto como una premisa.

El temblor inicial, esa respuesta involuntaria y plebeya, debe ser superado. Se considera una impureza, un ruido en la transmisión. El candidato de mérito aprende a acompasar su respiración al silbido del viento, a no ofrecer resistencia, a convertirse en un objeto más del paisaje, tan relevante como una roca cubierta de liquen.

La interposición deliberada del cuerpo en una trayectoria mecánica es una disciplina que el panel examina con un interés particular por la confluencia de la voluntad individual y la indiferencia del vector.

No se trata del tren de pasajeros, con sus ventanas iluminadas y su promesa de destinos.

Ese es un escenario de melodrama barato.

La puntuación reside en el tren de mercancías.

Víctor Pérez (Oviedo 1978)

Precioso rastro de destrucción (Versátiles Editorial). Huelva. 2016.
La venganza de Tenskwatawa en los Pixies (Editorial Independiente). Chile. 2017.
Historia de la salvación en Benavente (Canalla Ediciones). Madrid. 2018
El último buda atraviesa Fargo (Rasmia Ediciones). Zaragoza. 2019.
Ars poética de Sarah Connor (Marli Brosgen). Madrid. 2021.
La Talbot que jamás murió (Marli Brosgen). Madrid. 2022.
Hegel para negros (Altolibros). Madrid. 2025.


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