Al niño Samuel, ahogado en la playa de Barbate
Yo no puedo explicarte los granos de la arena,
que son tantos como lo es el dolor.
Se alumbran en el tiempo
y tienen el gusto viejo del agua del mar.
A veces se te cuelan en la boca.
Escupes.
¿Mamá, qué es eso?
Y yo no puedo explicarte
los muertos en las orillas,
las fronteras,
la noche,
tantas llagas,
a mí también me araña esa arena en la garganta,
duele debajo de las uñas.
¿Qué es la esperanza?, preguntas.
La fuerza. El poder más secreto de los héroes.
Y se tiende la playa.
Y aún no ha salido el sol.
Me miras
y parece que tuvieras mil años.
Y también yo querría preguntarte,
yo a ti,
¿qué es la esperanza, hijo?,
dímelo.
De Baila, Baila (Tigres de papel, 2025)
La historia
La historia es una caja de galletas azul,
descolorida.
Una caja de lata que mi abuela ponía encima de la mesa
y abría haciendo ruido,
y yo curioseaba con un vértigo antiguo,
blanco y negro,
rodillas desolladas,
renacuajos,
curas y militares que aún nos siguen mirando,
aquí,
en esta misma tarde,
en la mesa camilla,
curas y militares entre mi abuela y yo,
después ya de la muerte
y el tejido de punto,
y los dedos delgados y fríos y de huesos que añoro,
y la sangre,
mucha sangre que es ahora de los otros,
los odiados,
distintos,
las pobres,
los migrantes…
no te metas en política.
La historia es una caja de galletas azul
que sigue dando miedo
y hace ruido,
y en la que hay que escarbar y que meterse.
De Baila, Baila (Tigres de papel, 2025)
Roca
En la roca del agua hay un tiempo
que arde.
Está dentro,
por debajo.
Arde en medio del mar
y por los ojos míos,
arde en el eco seco
de esta época sombría,
arde,
y sigue ardiendo
y se consume
si se le posa un ave
si le pesa la espuma
si sucio le resbala un haz de luz,
ese presagio,
la lentitud salobre de los días que pasan
y repasan,
uno a uno se arañan los costados
en esa cresta inmóvil
que, sin embargo, arde
por dentro,
como los ojos míos,
como este tiempo mío.
Y todo permanece.
Y todo cambia.
De Baila, Baila (Tigres de papel, 2025)
Hijas de la ciudad
Me pregunto quiénes somos al final del día
las hijas de la ciudad,
las deslavazadas flores cuyo cuerpo
se erigió en las aceras.
Crecimos tristes y libérrimas
sobre tallos de espinas.
Pero nunca tuvimos un pueblo,
un campo,
la posibilidad de un regreso
cuando la noche cae.
Nuestra raíz conoce el color más profundo del asfalto,
su calor más terrible.
Somos las que, al final del día,
no pueden escapar.
De Los peces y los pájaros (Torremozas, 2021)
Las mujeres
Las mujeres sangran todos los meses.
Lo hacen con un olor discreto orillado en el baño,
casi como si nada.
Manan sangre despacio
por esos orificios brillantes de su cuerpo.
Las mujeres son cuerpo
que exhibe su dolor por las tertulias
siempre una vez al mes,
discretamente.
Entonces hay cien viejos que se parten las uñas
para no molestar.
Lloran como si nada,
y se ocultan el rostro
porque están muy felices
de ya no tener hambre.
Las mujeres, los viejos, juegan como los niños
a morderse los labios
para saber qué pasa.
Mientras, en los simposios,
su nombre se debate por la luz de los flexos,
alimenta teorías,
ramas en el discurso,
los sutiles matices que apuran el lenguaje y las bocas,
todas las bocas
que hablan, y hablan, y hablan
hasta ahogar.
Pero el dolor es sordo
y anida en la memoria de los cuerpos.
Su único argumento es saber su verdad.
De Por este suelo a piel (Tigres de Papel, 2016)

Diana García Bujarrabal (Madrid, 1980)
Es licenciada en Periodismo y Sociología. Participa en talleres, recitales y revistas literarias, y forma parte de la asociación feminista de mujeres poetas Genialogías. Sus poemas han sido recogidos en diversas antologías, entre ellas En legítima defensa. Poetas en tiempos de
crisis (Bartleby Editores, 2014) o Insumisas. Poesía crítica de mujeres (Baile del Sol, 2019).
En 2015 publica la plaquette Destemerás el nombre de las cosas (Ediciones Deliciosas); en 2016 su primer poemario, Por este suelo a piel (Tigres de papel) y en 2021 Los peces y los
pájaros (Torremozas). Baila, baila, publicado en Tigres de Papel, es su tercer poemario.
El poema, como el ensayo corto, ahuyenta la tentación de agotar un tema, su carácter
procede del don de evocación, ¿por qué escribir poesía en vez de ensayo o narrativa?
¿Te sientes próxima a alguna otra forma de arte?
La poesía contiene una dualidad que la convierte en un género único. Y es que es a la vez
afirmación y negación. Afirmación de la posibilidad de aprehender la realidad a través de la
palabra y, a la vez, la absoluta negación de esta posibilidad, puesto que toda poesía es cuestionamiento del lenguaje, de su orden, de su limitación… Y con él de todos los órdenes.
Yo creo que la poesía es única porque sirve para tratar cualquier tema, cualquiera, a la vez que se está realizando ese cuestionamiento esencial. Ahí entran la ampliación de los campos. semánticos y la ruptura sintáctica, pero también la melodía y el ritmo, que a mí me interesan especialmente, o la disposición en la página, con la que juegan mucho otras autoras y autores.
En mi cabeza los poemas suenan. A veces me peleo con ello… pero suenan. Si tuviera que
escoger otras artes serían la música y el teatro.
El libro de la revelación y el camino dice, «la labor de aproximar lo inconsciente a la
parte consciente es una tarea que ocupa toda una vida». ¿Hasta dónde lo logras, quedas
alguna vez satisfecha? O, lo que es lo mismo, ¿cuándo es el momento de abandonar un
poema?
Si alguna vez quedo satisfecha del todo supongo que dejaré de escribir… Corrijo mucho, pero sí creo que llega un momento que el poema ya no tiene remedio. O bien se desecha por completo y se vuelve a intentar, o bien se acepta y se conserva como testimonio de lo que es siempre, inevitablemente, un intento: escribir.
¿Qué ecosistemas poéticos o artísticos nos querrías recomendar? Lugares escondidos, secretos u olvidados.
Para mí ha sido un descubrimiento y un continuo aprendizaje todo lo que tiene que ver con
Genialogías, asociación feminista de mujeres poetas en la que llevo ya ¿diez años? A través de la colección que editamos siento que he recuperado gran parte de una tradición que me era desconocida, que de alguna manera se me había hurtado, y en la que me reconozco. Ahora además se hacen de manera periódica vermuts en los que compartir lecturas y hablar de poesía, encuentros abiertos a los que todo el mundo está invitado y que invito a conocer.
También querría mencionar a Torremozas, un referente para nosotras las poetas. Una editorial que es en sí mismo un ecosistema completo de mujeres escritoras.
Además de la voz femenina me ha interesado la llamada poesía de la conciencia crítica, el
propio debate sobre la capacidad o no de la poesía para incidir en la realidad o acompañarla.
En este sentido todo lo que rodea a Voces del Extremo me parece esencial. Alberga una
inmensa diversidad estética, además, pero siempre desde el compromiso con la realidad.
En cuanto a lugares, no creo que sean escondidos, ni mucho menos olvidados, pero me
apetece mencionar tanto a Enclave de Libros como La imprenta, dos librerías de Madrid que tienen programaciones maravillosas y que siento casa. Hay que apoyar a las pequeñas librerías como espacios de encuentro y resistencia ante este mundo enloquecido, y también como lugares de encuentro donde combatir el solipsismo y el narcisismo que acarreamos quienes escribimos.
¿Qué don de la naturaleza desearías poseer? ¿Qué defectos te inspiran más indulgencia?
Siempre me he imaginado volando… es una imagen clásica que sale en mis poemas. Sin
embargo, si lo pienso despacio, el don de la naturaleza que realmente me interesa es la capacidad de transformación y regeneración. Reciclarme a mí misma, digerirme.
aprovecharme, y transformarme en otra cosa que siga siendo, sin embargo, cosa viva.
Con los defectos procuro ser indulgente en general, aflora mi educación cristiana, quien esté libre de pecado…
¿Cuál es tu organismo vivo favorito?
Me cuesta mucho elegir solo uno. Me gustaría quedarme con un campo entero, desde las
lombrices de la tierra hasta los pájaros, con las ortigas y el barro.
Si tengo que elegir, dependiendo del día optaría por la belleza silvestre y efímera de las
amapolas, o bien por la severidad de la higuera, con sus frutos tan dulces. Ambos me
recuerdan a mi infancia.